Quien sabe si antes de lo que pensamos, ya estaremos cantando villancios, comprando regalos y hinchandonos a comer polvorones, turrones y mazapanes.
De momento me parece excesivo el hecho de que, con un mes de antelación, ya se empieze a respirar ambiente navideño por los cuatro costados. Me refiero a que, vas por la calle, y ya desde mediados de noviembre, se ven luces de navidad en los escaparates, polvorones en las tiendas, todo ello aderezado con las tipicas guirnaldas y serpentinas tan típicas.

Con ello, y culpa entre medias a nosotros mismos y al excesivo consumismo de nuestra sociedad, estamos perdiendo el verdadero sentido a estas felices fiestas. Unas fiestas que nacieron del amor, de la alegria, y de la misericordia provocados por el nacimiento de Jesús, ha desembocado en una fiesta dónde lo más importante es gastar y, para los niños, el poder llegar a clase el 8 de enero presumiendo de que le han regalado más y mejor que a los demás.
Y este es el verdadero significado de la navidad actual, consumismo. Lejos queda, y hecho de menos, aquellas navidades que empezaban el 22 de diciembre a las ocho de la mañana con el sorteo del gordo de la loteria y que se respiraba navidad por los cuatro costados, con villancicos por las esquinas y con un ambiente especial por la calle.
Espero que no lo hayamos perdido definitivamente... pues entonces... habremos perdido ya lo más esencial de todo, nuestra propia sensatez, habiendo cedido a los canónes y a las directrices del mercado.


